1 sept. 2016

Su propio capítulo.

La tía Galatea todas las noches tejía historias con sus letras, canciones, recuerdos y con cada uno de los pelos que soltaban sus gatos al recorrer la casa.
Solía mirar por la ventana tratando de adivinar donde estarían aquellos ojos que llegó a contemplar alguna vez, se preguntaba si en ese momento estarían mirando la misma estrella que ella… sería algo así como mirarse a los ojos, a distancia.
Tenía historias que parecían incompletas, sin embargo, solo habían sido pequeñas; tenía un par acabadas a la fuerza y otra que había comenzado con piedras preciosas, y terminado con bolitas de carbón; era una historia que tejerla le había quemado los dedos.
Ella era una persona callada pero extrovertida, o al menos así la veían algunos y así quería que la supieran. Gustaba de hablar de más para no quedar en silencio, ese silencio de cuando evidentemente no tienes mucho en común con quien te encuentras en ese momento.
Le gustaba pensar que era una antisocial sociable; una antisocial sociable que no sabía atar palabras cuando de emociones e ideas se trataba, una antisocial sociable que tropezaba hablando si no era con sigo misma.
Esa noche era una noche quizá no como las últimas pero similar a las primeras. La historia que tejía era una que había estado en constante pausa, una historia con hilos de plata, absolutamente inalcanzable que siempre ponía en el cajón del mueble junto a su cama, mientras se dedicaba a confeccionar otras tantas.
No es que no le diera importancia, simplemente sabía que debía ser tomada con calma para no errar sus puntadas, ya que era una con hilos tan viejos y letras tan secas, que pensó que nunca podría siquiera confeccionar con ella una de esas fugaces y alocadas historias de Hollywood con las que todo adolescente sueña.
Llevaba años tejiendo la peculiar historia de su juventud, de donde había alcanzado recoger un par de hilos y los había metido en un cajón porque no pensó que le diera para más que un pequeño mechón de recuerdos, sin embargo, en algún momento de su propia historia, encontró al propietario, aquel de quien los había tomado.
No estuvo segura cuando, en una clase de francés, una voz la hizo voltear y lo notó, conocido y atractivo; tal vez más lo segundo que lo otro, cabello largo, nariz respingada, manos bonitas y un apellido familiar. Eso fue lo menos importante.
Cabe recalcar que la, en aquel entonces, joven Galatea, tenía una fascinación por la voz de las personas, más por como sonaba a lo que ésta pudiera decirle, por lo cual, parecería bastante obvio suponer que aquella voz había sido la causante de tal enamoramiento que padecería los años siguientes aunque sólo le hubiese escuchado decir “presente”.
Temblaba al tratar de verlo, no podía. En su memoria repasaba el esbozo que se había formado de su rostro y de vez en cuando que lo encontraba de lejos, trataba de registrar un rasgo nuevo, algo que no fuera el cabello largo y la nariz respingada que ya se sabía de memoria.
Pasó el tiempo y dejo de encontrarlo como antes. Pasaba los ojos sobre los que encontraba con la esperanza de verlo; una mirada rápida y a medias, porque no podía con más.

Y así pasó más de un año con esa rutina aburrida e inútil, que le arrugaba el ánimo pero al mismo  tiempo le dibujaba una pequeña sonrisa, cuando tia Galatea lo vio una posible última vez y logró hacer algo al respecto. Ya sabemos que situaciones desesperadas, requieren medidas desesperadas y digo “logró” porque lo de decidir podríamos atribuírselo a otra persona; en fin, corrió tras él, esquivó autos, alumnos y quizá alguna protuberancia en el piso que le hiciera tropezar y lo alcanzó, le preguntó si podía acompañarlo y el aceptó.
Ahi comenzó a correr el hilo, a salir su historia, a acompañarse de la única manera que podían.
Hablaban seguido, se mandaban mensajes de celular y correos mostrándose música y videos, dando pistas de lo que cada uno guardaba dentro de si que quizá pudiera parecerle interesante al otro. Con el tiempo comenzaron a quedar en verse y entonces lo supo.
Luego de alguna conversación distraída, una de esas ocasiones donde se veían, indagó en la historia familiar del joven de cabellos largos y descubrió que 9 o 10 años atrás ya se habían encontrado; había sido un encuentro totalmente casual fuera del itinerario de ambos.
La prima de él era en ese entonces amiga de una Galatea adolescente muy delgadita que estaba acostumbrada a no ser vista y que por supuesto nunca pensó que ese pequeño instante la llevaría a una de las historias más lindas que tendría. Era familiar de alguien que ella había sacado de su lista de personas importantes hace mucho tiempo, sin saber que llegaría a tener un lugar reservado para él.
Sin duda ella recordaba el momento preciso, porque ya antes se había preguntado por esos hilitos de historia que de pronto salían cuando pasaba por donde se habían “conocido” aquella lejana primera vez y sonrió. La distracción hizo que se pinchara, se había quedado ensimismada en aquel tiempo, que no notó que uno de sus gatos se había subido a la cama y comenzaba a mordisquear su historia haciendo que su tejido se fuera de lado.
De regreso en el presente y después de mirar la flama bamboleante, recorrió la habitación con la mirada, esperando encontrar la sombra de aquél entrando por la ventana y acomodándose a  lado de la suya, acompañándola, susurrándole detalles que pasaba por alto, abrazándola y revisando sus dedos llenos de tiempo y memorias, como antes, cuando tomó la costumbre de dejar las ventanas abiertas.
Era una de esas noches tan calladas y tranquilas que quería compartir con él, escuchar historias, canciones, saber que en el silencio seguía ahí para ella como siempre; era una de esas noches que quería imaginar un beso en la frente antes de irse a la cama, una de esas noches con las que había comenzado su historia.
Tomó los hilos que tenía, las palabras, las canciones, las risas y las dudas que incluso seguía sintiendo después de tanto tiempo y continuó uniéndolos, tenía mucha historia que había dejado enredarse en el piso por la necedad de no querer o no creer que aquel encuentro mereciera ser entretejido. Tenía mucha historia que no quería ser contada pero había crecido a cada sonrisa, a cada silencio y a cada momento que no estaba y ella deseaba que entrara por esa ventana.



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A la luz de la misma luna, a la par de la primera historia, había gastado noches y noches en una de sus favoritas, una historia con estambres de moción y luceros de fascinación. La tela del amor más inocente que se ha registrado en la historia, un amor de más que amigos pero menos que el necesario para un verdadero romance; una ilusión motivada por el gusto y la tristeza, por la necesidad de sentirse escuchada, rescatada, amada... un amor que solo fue de quien la amó.

Una verdadera injusticia, claramente, de la que sin duda no se arrepintió cuando pudo arreglarlo a “su manera”. Enredó el hilo de esa tierna historia y lo amarró con un listón lila, como aquel meñique aquellos viejos dias; como la inocencia podía ser coloreada.

Lilly Spaggetti                                                                                  mayo 16, 2016.